miércoles 10 de junio de 2009

.208.

La Universidad Autónoma de México, Príncipe de Asturias





Amig@s de la UNAM, gente que me ha hospedado y prestado su amabilidad las veces que he visitado con poco dinero en la bolsa el DeFe, y hasta me ha llevado a pasear por los lugares, bares, museos y centros turísticos más bonitos de esa ciudad, les mando un gran abrazo y los felicito por este premio. Es redundante decir que se lo meren. En redundante decir que algunas de las personas más lúcidas e inteligentes que he conocido se han graduado en esta universidad o han estado apegadas a esta universidad. Desde aquí les mando buena vibra y en hora buena por este premio. Yo decía que con el triunfo de los Pumas se avecinaría algo mejor. Mike, Daniela, Adrián y hasta los choferes de la ruta pumita. Desde acá les canto la porra orgullo azul y oro: ¿Cómo no te voy a querer…? ¡Goya, Goya, universidad!



La nota en el periódico El mundo dice:

Si hay algo capaz de levantar el maltrecho optimismo de los mexicanos respecto a sus instituciones, eso es la UNAM. Cuando un día sí y otro también la clase política evidencia su putrefacción, cuando el 'narco' controla regiones enteras, cuando el virus de la gripe A sume al país en el desconcierto, cuando la violencia deja cifras récord de muertos o la selección nacional de fútbol vuelve a defraudar, los mexicanos saben que les queda la UNAM y así lo demuestran cada vez que responden cuáles son las instituciones más valoradas del país.

Pero no sólo porque el último ranking mundial de universidades elaborado por el periódico 'The Times' ubicó a la UNAM en el puesto 74 de una lista encabezada por Harvard, Cambridge, Oxford y Massachussets. Una clasificación en la que sólo una universidad española, la de Barcelona, está por encima del puesto 150.

Tampoco porque compita con universidades de poco más de 20.000 alumnos frente a los 290.000 de la UNAM, un monstruo educativo con más población que Bilbao pero considerada la mejor universidad Iberoamericana. Tampoco porque su campus fuera declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, gracias a un recinto convertido en uno de los más importantes iconos de la arquitectura contemporánea. Y tampoco porque este año, los Pumas, el equipo de la universidad que milita en primera división, haya ganado la Liga de fútbol. Lo es porque sigue siendo el gran bastión del pensamiento crítico, liberal y laico de México y América Latina, y porque de sus aulas han salido tres premios Nobel.


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.207.




Sicarios de narcotraficantes, modelo para niños en primaria zacatecana





Esto, desgraciadamente, no es un narco-relato. Esto es una nota periodística. Una nota de La Jordnada del 7 de junio de este año me ha dejado perplejo y hasta helado. Se trata de que ahora en México, me refiero particularmente a la ciudad donde nací [Zacatecas], no sólo se tolera la inseguridad en las calles y en los centros nocturnos, ni las fugas masivas de reos, ni el gobierno obtuso de una mujer que sólo se ocupa de darle fiesta al pueblo y de llenarles los bolsillos de dinero a su séquito de corruptos seguidores y familiares, sino también se asoma una violencia llevada a cabo por niños, por alumnos de primaria de un colegio privado dentro de la misma institución. Ahora la moda en los juegos de niños es hacerse pasar por verdaderos delincuentes; simular tener el poder para castigar al otro. La nota del periódico informa que en el Colegio Villa de Guadalupe, lugar donde estudié la primaria, existe un grupo de estudiantes que aterrorizan a sus condiscípulos a la hora del receso, haciéndose pasar por los ZETAS [grupo de delincuentes que lleva años martirizando, extorsionando y transformando a Zacatecas]. Algunos alumnos del Colegio Villa de Guadalupe utilizan tácticas de sabotaje muy parecidas a las que los medios de comunicación nos informan al hablarnos del crimen organizado.


Les dejo una parte de la nota. No me queda más que decir que en México tenemos mucho que enfrentar, reordenar y hasta cambiar, si queremos que nuestro país sea más seguro, civilizado y que a las generaciones que vienen detrás de nosotros no se vean afectadas por la violencia, la corrupción y la inseguridad. Sería bueno que [esto va para los empolvados miembros que se encargan de la educación en escuelas públicas y privadas en México] informáramos a los estudiantes sobre qué es el crimen organizado, por qué existe el crimen organizado y cuáles son los intereses del crimen organizado. Si nuestros gobernantes no tienen el tesón suficiente para evitarnos la violencia y dejar de fomentarla, nosotros, los que luchamos por tener una educación más digna, tenemos un compromiso humano más grande.



Una de las pistolas de plástico decomisadas a estudiantes de la primaria Villa de Guadalupe que jugaban a ser integrantes de la banda de sicarios Los Zetas y disparaban perdigones de plástico a otros alumnos del plantel. Estos juguetes, algunos provistos de cartuchos de aire comprimido, poseen mecanismos similares a los de las armas verdaderasFoto Alfredo Valadez Rodríguez

Alfredo Valadez Rodríguez

Corresponsal

Zacatecas, Zac., 7 de junio. “Somos Los Zetas y ya estamos aquí”, fue el letrero que, al inicio del pasado ciclo escolar, los niños del Colegio Villa de Guadalupe encontraron pintado con marcador negro en los baños de su escuela.

La escuela privada, de más de 700 estudiantes, se encuentra en el municipio conurbado de Guadalupe. Aunque las pintas con mensajes y groserías son relativamente comunes en las paredes de los sanitarios, las nuevas no eran típicas: “El que no es Zeta es puto” o “Los Zetas mandan”.

Luego, la amenaza se materializó. Un grupo de 18 niños, todos de sexto grado (ninguno mayor de 12 años de edad) y del mismo grupo, iniciaron un juego: al sonar el timbre del recreo, a las 11:30 horas, todos se pertrechaban en el baño. De sus mochilas sacaban pasamontañas negros, guantes de tela y pistolas de perdigones de plástico.

Una vez disfrazados de Zetas, entraban a algunos de los salones vacíos y en los pizarrones pintaban leyendas que, al reanudarse las clases, leían todos los alumnos y las maestras con asombro: “Arriba Los Zetas, putos”. Así lo hicieron tres días seguidos.

El hecho fue narrado a La Jornada por un menor de quinto grado y uno de sexto, con el consentimiento de sus padres y la presencia de ellos. Las autoridades de la escuela confirmaron el suceso, pero se negaron a dar detalles.

Realidad y ficción

Cuando los 18 niños Zetas salían al recreo, tomaban las posiciones asignadas por su líder, al que le gustaba que le llamaran El Chapo, en alusión a Joaquín Guzmán Loera, el líder del cártel de Sinaloa que, paradójicamente, es el principal enemigo del cártel del Golfo, al que pertenecen Los Zetas.

El niño mencionado repartía los puntos de vigilancia: dos en la puerta principal del colegio, uno en el pasillo general, cuatro en las esquinas del patio principal, dos en la sala de audiovisual, cuatro en las escaleras y dos en las puertas de los baños. El resto deambulaba por el colegio. Además de sus pistolas de balines y capuchas, cuatro llevaban radios portátiles de juguete tipo walkie-talkie.

Si chocabas con ellos durante el recreo, les hablabas o les preguntabas algo te disparaban un balín y te empujaban. Donde te disparaban te quedaba rojo, relató uno de los niños.

“Te decían groserías: ‘putos’, ‘cabrones’ y todas esas cosas… Traían sus bolsitas de plástico llenas de balines rojos”, recordó otro.

Cuando la dirección del colegio se enteró, citó urgentemente a los padres de los 18 involucrados para informarles que los menores quedarían suspendidos tres días.


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sábado 6 de junio de 2009

.206.

Breve interrupción en los días que siguen





Ya ven, soy tremendamente sentimental. Dicen otros, los que llamamos amigos, que hasta enamoradizo en extremo. Yo no sé cómo definirme, pero la verdad, cuando las cosas me pegan, me llegan o me mueven, es difícil sacármelas de la cabeza. Llevo días leyendo el mismo poema. Puedo decir que estoy enamorado de esa mujer, la poeta que escribió el poema. Y hasta puede decir, también, que esbozó en él un poco de mi vida; detalle que le agradezco en demasía a la literatura y a los autores que la crean. El poema me gusta leerlo por las mañanas, cuando me despiertan el trino de las aves y los gritos felices de los niños que estudian en la escuela que está al lado de mi casa, que también es suya. Les dejo el poema entero. Espero y les llegue igual que a mí, y si no les llega, pues ya llegará el tiempo. Y si no llega el tiempo, pues el sol sale para todos, hasta para los que nos desagrada salir a correr por las tardes y adoramos los medio días de lluvia.



"Historia de un amor"
(Cristina Peri Rossi)


Para que yo pudiera amarte
los españoles tuvieron que conquistar América
y mis abuelos
huir de Génova en un barco de carga.

Para que yo pudiera amarte
Marx tuvo que escribir El Capital
y Neruda, la Oda a Leningrado.

Para que yo pudiera amarte
en España hubo una guerra civil
y Lorca murió asesinado
después de haber viajado a Nueva York.

Para que yo pudiera amarte
Catulo se enamoró de Lesbia
y Romeo, de Julieta
Ingrid Bergman filmó Stromboli
y Pasolini, los Cien Días de Saló.

Para que yo pudiera amarte,
Lluís Llach tuvo que cantar Els Segadors
y Milva, los poemas de Bertolt Brecht.

Para que yo pudiera amarte
alguien tuvo que plantar un cerezo
en la tapia de tu casa
y Garibaldi pelear en Montevideo.

Para que yo pudiera amarte
las crisálidas se hicieron mariposas
y los generales tomaron el poder.

Para que yo pudiera amarte
tuve que huir en barco de la ciudad donde nací
y tú resistir a Franco.

Para que nos amáramos, al fin,
ocurrieron todas las cosas de este mundo

y desde que no nos amamos
sólo existe un gran desorden.





martes 2 de junio de 2009

.205.




Los días que siguen

Lunes


Sólo pude dormir tres horas. Claro que estuve en la cama y luché contra aquello que no me deja dormir. La cama no es mi aliada. Prefiero bañarme. Leer un poco en el mirador de la casa. Subo las escaleras. Me acomodo frente a la ciudad. Tengo el libro en las manos. El calor me cala en todo el cuerpo. Cualquiera podría decir que los 42 grados centígrados de este día nos pueden convertir en un fiambre en llamas. A falta de agua, se me ocurre coleccionar frases que hablen de la lluvia. Hoy conseguí dos: “Una gota de lluvia tiembla en la enredadera. Toda la noche está en esa humedad sombría. De repente la luna la ilumina”. (José Emilio Pacheco). “La lluvia devuelva la noche. Un pensamiento se agarra a las gotas tocando por la aprobación”. (Juan Gelman).


Lunes a media tarde


Voy a la biblioteca.

Saco dos libros de Tobias Wolff y los Diarios de Cheever. Por fin. Sólo me faltaban los diarios para leer por completo la obra del maestro. Camino con rumbo a la casa. No paro de sudar durante el camino. En la casa, me pongo a leer en el sofá Voltaire que está enfrente de la ventana que da al jardín. Al tercer relato de Tobias caigo rendido. Por fin dentro de las aguas del sueño, tan frescas, tan reconfortantes. Me despiertan a los pocos minutos las canciones de los Red hot. Es Xaby. Lleva toda la semana con ese mismo disco. Lo pone a todo volumen en los alta voces. Ya, ya quítalo, ya nos dimos cuenta que existes, le grito. Pero no me escucha. Me voy a mi habitación. Me encierro bajo llave y me aviento a la cama. Un raund más, quizá el último del día. Mañana, todo será normal, tú y yo seremos amigos, y podremos caminar juntos por la calle donde la señora gorda y con mandil nos vende los churros y el chocolate. Visitaremos la otra parte de la muralla, y veremos la cara vieja de Averroes.


Lunes por la noche


¿Cuánto he dormido? La campana me ha despertado. No sé si pararme a cenar o simplemente no hacer nada. Decido bajar. En el comedor ya están todos. Me sirvo arroz y salsa de tomate. No me termino la comida. No tengo mucha hambre. Me vuelvo a la habitación. Enciendo la portátil y veo El lobo. Me quedo dormido escuchando voces desconocidas.


Martes por el medio día


No escuché la campana. Por lo tanto no bajé a desayunar. En la misma cama leo un relato de Tobias Wolff. Afuera de mi ventana se escucha el trino de las aves, los gritos de los niños que están en la escuela al lado de la casa. El relato de Tobias es sobre unos chicos fumadores que estudian en una anodina escuela. Lo termino de leer. Bajo a la biblioteca con ganas de escribir. Creo que ya se llenó el pozo. Ya podré dejar las cuentas en claro con los que me las piden. En la carcasa de mi portátil encuentro:

Hay una cámara en la ventana del edificio justo detrás de ti y creo que te han estado grabando.

Be carefull, my friend.





domingo 31 de mayo de 2009

.204.

Crónica de la noche que nos robó el sueño









Son las 5:12 am y llevo más de tres horas en la cama obligándome a dormir. Pienso muchas cosas. Trato de poner mi cabeza en orden y decirme las netas. No se puede andar por el mundo engañando a la gente. Peor: engañándose uno mismo. ¿Qué me quita el sueño? Como son muchas las respuestas, decido bajarme a la biblioteca, lugar donde tengo la portátil, y me pongo a escribir lo que están leyendo. La respuesta más simple y la más acertada es que estoy enganchado. Sí, estoy bastante enganchado a mi trabajo. Ayer, domingo, fue un día productivo, muy productivo. 10 páginas escritas, bien, bravo, aunque lo más seguro es que la elimines mañana o pasado mañana. Hay que tener bien atento el detector de mierda, decía Hemingway. Pero el punto no es ése sino otro. Es, más bien, que me llevo los personajes a la cama. Son como fantasmas. Peor aún, son como bestias hambrientas que no dejan pedirte de comer. Uno grita: Mañana revisas la parte de la casa, no describes nada de ella, va a parecer que no conoces una casa. Otro pide: El final, yo no quiero que me dejen abandonado en el desierto. Échate mano del cine. Revisa Fargo. O Flores rotas, ¿te acuerdas de ellas? Otro implora: Estás seguro que me quieres deportar. Ponte en mi lugar, yo quiero ser feliz, pero no en mi ciudad de origen, sino en el lugar donde habito, allí quiero conocer a una mujer, enamorarme, pero no me deportes. Y así continuamente escucho sus voces retumbar en mi cabeza. Como sé que no voy a dejarme llevar por lo que me piden esos personajes, ni tampoco debo tomar decisiones tan a la ligera, decido desconectarme. Pienso: ¿qué hubiera sucedido si no me hubiera dedicado a esto? Seguro, seguro, como soy un torpe con mi vida financiera, no hubiera puesto un negocio o hubiera invertido junto a otro en negocio. Tampoco hubiera sido médico. Si a la cama me llevo a los que todavía no nacen, ¿qué sería de mi vida si a la cama me llevara a los que no les salve la vida? No, médico no. ¿Ingeniero? Soy idiota con las matemáticas. ¿Pintor? Quizá de brocha gorda, porque de pincel no creo; mi pulso es tan tembloroso que cuando pretendo tenerlo firme, más tiemblo. Entonces es cuando las preguntas llegan con más ganas: ¿por qué decidiste esto? ¿No te da pena saber que esto te ha llevado a abandonar muchas cosas? Entonces recuerdo los noviazgos rotos, la licenciatura truncada, que dejé mi ciudad de origen porque allí las cosas no es que funcionen al revés, simplemente no funcionan. Entonces recuerdo que yo no elegí esto, sino que esto me eligió a mí, y que yo, en realidad, no sé hacer otra cosa más que estar más de 6 horas frente a esta portátil, golpeando el teclado, devanándome la cabeza pensando cómo enderezar la vida de un personaje, cómo enfrentarlo con sus miedos, cómo jugar con lo que está a su alrededor. Y me doy algo de pena, sí, pero no porque este oficio sea ingrato, no. Desde un primer momento, así como el novillero intuye qué será su vida cuando por fin se tiré al ruedo, alguien que pretende entrar a este oficio se las huele que lo hará no por tener dinero, ni por ser famoso, ni por tener un harén de mujeres al lado de su casa en Manhatan. Bien lo escribió Pacheco: En la poesía no hay final feliz. / Los poetas acaban viviendo su locura. / Y son descuartizados como reses. ¿Por qué, entonces, si sabes de antemano que la desgracia se avecina, si sabes de antemano que hay que tener un riñón bien aguantador, para soportar corajes, desencantos y hasta frustraciones? ¿Por qué? La respuesta la he esgrimido muchas veces, pero siempre llegó a lo mismo: porque tengo algo qué decir, tengo algo que quiero compartir con otros, quiero hacer sentir lo que la literatura me hizo sentir a mí la primera vez que tuve contacto con ella. Y como las respuestas me parecen insuficientes, me importa un bledo que sean casi las 6 de la mañana y cojo el celular y le llamo a Juan Gómez Bárcena, alguien que sí tiene las respuestas claras y creo que va a sacarme de dudas.


Se tramita la llamada y del otro lado de la línea escucho a Juan, con su acento cántabro, adormilado porque de seguro, como es noctámbulo igual que yo, no podía dormir. Y le preguntó:


Juan, ¿tienes unos momentos?


¿Qué pasa, macho?, ¿ya viste la hora qué es?


Sí, ya vi, te pido una disculpa, estoy embriagado, pero embriagado de preguntas, no puedo dormir y no sé cuáles son las respuestas correctas para quitarme esta borrachera de encima.


Juan, como siempre, se ríe, piensa que lo estoy haciendo participe en alguno de mis juegos. Piensa que de seguro le estoy tomando el pedo y simplemente le llamé para molestarlo. Pero esto es serio, y se lo digo. Él me responde:


Joder, macho, te hace falta descansar, no es un maratón, tienes 24 años y quieres tener las respuestas ya, así, en tus manos. No, duerme, te vendrá bien.


Y yo, terco porque las preguntas no se van, no me dejan, sino que me invaden, hacen este cuerpo suyo, le digo:


Pero ¿por qué, Juan, por qué sacrificar tanto, por qué esa decisión, por qué esa terca idea de verter las palabras en un ordenador, por qué esa…?


Me interrumpe, ya más despierto, ya más entrado en mis preguntas:

Escribir es lo que cada uno quiera en un momento concreto del tiempo siempre y cuando sea absolutamente cierto en ese momento; para esa persona.

Pero esa no es la respuesta, Juan, por eso uno no elige este oficio, pienso, y se lo digo. Y él, como siempre, tiene respuesta para todo:


¿Será porque toda escritura es un epitafio? ¿Será porque escribimos para enterrar algo que ya éramos? ¿Para exorcizar algo que estaba y ha dejado de estar, y poder así otra vez decirnos: Hoy empieza todo, de nuevo?


Y como no respondo nada, Juan sigue, y me gusta escucharlo:


No sé, macho, quizá sea que el mundo carece de sentido para seguir siendo mundo, y lo que nosotros tratamos de hacer es darle sentido mirándolo de determinada forma. Pero siempre caemos en la cuenta de que el mundo no está hecho para ser mirado.


¿Entonces qué hacemos, Juan, dejamos de mirar de una vez por todas a eso que llamas mundo y nos dedicamos de una vez por todas a algo que no nos quite el sueño, que no nos dañe tanto?


Juan sigue, más despierto:


A ver, macho, ya voy a caer en mis análisis de siempre y tú me vas a decir que sea más vísceras, pero podría contestarte que se hace literatura para darle al mundo la estructura de una narración, es decir, dotarlo de sentido. Entonces escribir no significa en realidad escribir, sino mirar; se puede hacer literatura sin escribir una sola palabra. Eso lo sabemos de sobra tú y yo. Por eso nos pertenecen tanto los libros que escribimos como los muchos que sólo queremos o quisimos haber escrito cuando seamos viejos y devastados por los años; no hay en ello diferencia alguna. Es como si nuestra obra se prolongara indistintamente por encima y por debajo de la superficie de ese océano que hemos llamado realidad. Aunque sólo nosotros lo sepamos, tú y yo en esta madrugada; esa certeza debería bastarnos.


Pero a mí no me basta esa certeza. Juan sabe que soy terco, que no lo dejaré dormir hasta que llegue a algo que me convenza, hasta que llegue a algo que me haga recobrar el sueño y pueda irme a la cama. Así que aferro más mi mano al teléfono y espero a que Juan siga.


No sé qué buscas escuchar, Yoel, quizá yo estoy diciendo respuestas que no van con tus preguntas. O tú estás pensando otra cosa y a mí me pasa lo mismo. Y son casi las 7 de la mañana y tú sigues. Ayer por la tarde quise llamarte, pero se me olvido, no, la verdad es que no te quise molestar porque sabía que ibas a estar trabajando, a veces siento que no tienes vida social. Te quería decir, tú sabes cómo soy, cualquier cosas rara que se me ocurre te la cuento, que toda la tarde me estuve diciendo, sin saber por qué, que he escrito April March cien veces. He escrito tantos April March distintos y perfectos que la gente no se da cuenta; yo mismo, a veces, no me doy cuenta.


No sé qué contestarle a Juan. Miro atrás de mí, a la ventana que está justo al lado del librero de las obras de escritores latinoamericanos, y descubro que ya está amaneciendo, que por última vez en este día, el cielo naranja en Córdoba no volverá a ser naranja, sino que se convertirá en uno azul claro, y que saldrá el sol, y que será de día y tocarán la campana cerca de las nueve de la mañana para avisarnos a los residentes de esta casa que es hora de desayunar. Pero yo, aún sin las respuestas que tanto buscaba, estaré dormido. Estaré quizá soñando con México, o con Colombia, o con Estambul, o quizá no estaré soñando nada. Y abajo, en el comedor, mis compañeros estarán desayunando como si fuera un día normal, y así lo estará haciendo mucha gente que no conozco, que no sé que existe. Y todo será un día normal.


Del otro lado de la línea, Juan me dice:


Creo que aún podemos dormir tres horas, ¿no crees, Yoel?


Y yo le contesto:


Sí, amigo, creo que sí.







.203.


Hoy hablemos de Los boys







Hace más de tres semanas leí (creo que fue en el Babelia que salió el domingo 10 de mayo) que Mondadori reeditó el primer libro de relatos de Junto Díaz, llamado Drown. El crítico del suplemento decía que la obra ahora entraba con nuevo nombre a la fiesta: Los boys. Y como muchos saben que sufro por una extraña manía de leer más libros de relatos que de novelas, el mismo lunes me fui a la biblioteca pública de Córdoba y pedí el préstamo.

El libro es compacto: está compuesto por diez piezas narrativas de un calibre potente. Se configuran mucho en la poética de Carver: los personajes se mueven en espacios domésticos como la cocina, las habitaciones, frente al televisor, y cada elemento que está a su alrededor cobra un significado importante en la historia y tiene una injerencia en los personajes. Pero la obra también se configura en esa literatura intimista que se centra en hablar de los conflictos familiares, los cambios que sufrimos los seres humanos cuando abandonamos nuestro país de origen, los cambios que pasamos conforme la vida nos pide madurar, y los desencantos irreversibles. Los boys tiene mucho de la nueva corriente estética de los USA representada por Lethem, Safran Foer, Nicole Krause, Homes, y hasta por el genio Foster Wallace (un minuto de silencio). Las buenas historias reflejan la condición humana.

Podría decirse que Los boys es una bitácora de viaje o un cuaderno de diario: el libro abre con un relato ambientado en una ciudad de República dominicana y los relatos que le siguen se sitúan en varias partes de los USA, Nueva Jersey una de ella. La voz que los urde casi siempre es la misma: un niño u adolescente que está inconforme con el trato que le da su padre y que ama a su madre y odia a su hermano. También encontramos dílers, niñas adictas, gente del Bronx, mujeres abandonadas por sus maridos y otros. A este libro lo habitan personajes que brincan de un relato a otro, como si cada historia se contara en la habitación de un único vecindario, y el vecindario no fuera más que el lugar donde están ensambladas las historias.

Los boys están cargados de tristeza, diversión, desventuras, humor y algunas veces hay vientos felices. No voy a negar que me gustara más La maravillosa vida de Óscar Wong, del mismo Junot. Pero para aquellos amantes del relato corto bien construido y ameno, Los boys proponen. Es un buen libro; un buen ejemplo para demostrar que mucha de la literatura de los USA la están haciendo los migrantes o extranjeros que han tomado ese país como su segunda casa.







viernes 29 de mayo de 2009

.202.




No sé las razones, pero acá en Córdoba volví a un placer que tenía algo olvidado. Me refiero a que nuevamente me he entregado a la lectura de la poesía. Por un tiempo llegué a pensar que era un arte menor (no lo tomen a mal ni me vayan a reprochar este comentario, nobles conocedores del género), y que los narradores podíamos estar de espaldas a su existencia. Pero estando acá, lejos de casa, y quizá porque a las francesas les gustan los versos, la poesía me vuelve a erizar los bellos y a poner más en contacto con la musicalidad del lenguaje. Me he ido haciendo de algunos libros colmados de buenos versos y he ido conociendo a poetas que te educan el oído. Les dejo un poema de José Emilio Pacheco. Los invito, como decimos en México, a que hagan de cuenta que estamos bebiendo en la calle, como amigos de barrio, amigos de tarde, sol y cerveza, y de repente sale el vecino y saca del bolsillo de su pantalón un libro compacto. Se aclara la voz con un trago de Pacifico y recita los siguientes versos:





Alta traición



No amo mi patria.

Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (aunque suene mal)

daría la vida

por diez lugares suyos,

cierta gente,

puertos, bosques, desiertos, fortalezas,

una ciudad deshecha, gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

montañas

--y tres o cuatro ríos.





.201.





El tablón de salvación



Por primera vez en este blog, creo, se va a escribir esta frase: estoy feliz. Sí, sí, así como lo leyeron, e-s-t-o-y- f-e-l-i-z-. No tengo ni un quinto en el bolsillo pero lo estoy. ¿Por qué? Pues porque ya di el primer paso. ¿Cómo? Sí, ya estoy más allá que para acá. Me refiero a que ya terminé el borrador del proyecto. Escribí nueve relatos. Sí, relatos. Escritos bajo la máxima que dicta Javier Cercas: “todo relato parte de lo real, pero establece una relación distinta entre lo real y lo inventado”. Es decir: todas las piezas que propongo tiene el soporte de partir de una realidad "real" y latente como es el narcotráfico en México (sobre todo en mi ciudad de origen, donde nací) para nutrir otra que las refleje con las características de la ficción pero sin traicionar los hechos reales. Muchos dirán después de leer esto. Hay, otro narco realista, hay otro fronterizo. Y yo les responderé, no, estos relatos nacieron en España, lejos de casa, y los escribió alguien del bajío, alguien del centro. Aún así la globalización y la literatura desde hace mucho tiempo que le rompieron la boca a los localismos y a las fronteras: norteños, defeños o sureños somos lo mismo. Lo que nos une es la condición humana, lo que pasa en el país.

Las razones que me motivaron a escribir este proyecto es que México se está viniendo al carajo, y de que Zacatecas es uno de los estados que más lo está resintiendo. No soy chovinista. Tampoco alarmista. Me duele lo que está pasando en país. Hay pruebas de sobra para argumentar lo que digo. Por ejemplo: los más de 50 presos que se fugaron del Cereso semanas atrás con la ayuda del cuerpo policíaco; el mandato obtuso y hasta ignorante por parte de la gobernadora que lleva las riendas en Zacatecas; la terquedad mediocre de Calderón al seguir con su guerra contra el narco. ¿Aún no se entera que al cantarle la guerra al crimen organizado es como si se la estuviera cantando a los civiles? No porque estemos del lado de los que delinquen, sino porque los dañados, lo que reciben los golpes, somos nosotros, los alejados, los que no tenemos absolutamente nada que ver con ellos.

Los nueve relatos se escribieron bajo el influjo de dar a conocer algunos daños colaterales que causan el narcotráfico, la inseguridad y la violencia en México. Ninguno relato busca el victimismo ni está bañado por la fórmula de lo moralizante, sino más bien pretende evidenciar los soportes, muelles o goznes sociales y políticos que están provocando esto. Cada relato se escribió bajo la incertidumbre de querer mostrar el meollo de todo conflicto bélico: en todas las luchas, sean o no armadas, verdugo y víctima están igualados por la catástrofe.

El primer borrador ya está terminado.

Ahora me ocuparán las correcciones y el orden estructural o acomodo de los relatos. Pero estoy feliz; mi país se está desgañitando por los uppercuts del narco y sus obtusos gobernantes. Muchos lo resentimos, pero hay que sacar aplomo, salir con los puños bien cerrados y enfrentar lo que hay y lo que viene con lo que uno está aprendiendo a hacer o ya sabe hacer: escribir. Escribir.






domingo 24 de mayo de 2009

.200.






Ya dejemos a un lado la pobreza. El poeta ha muerto, dijeron los diarios de todo el mundo esta semana. Y yo no me enteré, o no me quise enterar, porque vivo encerrado, porque vivo de espaldas al mundo. El poeta ha muerto, y lo supe gracias a la bibliotecaria. Pero primero, antes de esto, lo intuí, y no es porque tenga un muy elevado quíntuple sentido que me hace saber horas antes que un ser humano morirá. Quizá ni siquiera lo tenga, y tampoco me importa tenerlo, ni saberlo; no soportaría la carga y el dolor de estar enterado de tantas muertes y de tantos abandonos. Pero esto no es lo que me ocupa.

Supe de la muerte del poeta cuando miré sus libros en las vitrinas de la biblioteca pública de Córdoba. Yo iba a entregar y me detuve a revisarlas. En ellas estaban la mayoría de la obra del poeta, y a pesar de que el calor dentro y fuera de donde me encontraba era insoportable, el sudor se me convirtió en frío, el frío en pena, y me temblaron los pies. El poeta ha muerto, me dije, y no hay marcha atrás. Después caminé lentamente, como pidiendo perdón, al estante donde atiende la bibliotecaria, y me dije una y otra vez que no, no podía ser; el poeta sigue aquí, pisando el terreno de los vivos. Entonces le pregunté a la bibliotecaria, y sus palabras fueron la segunda vuelta que reventó el nervio y revolvió las tripas. Incliné mi cabeza y entregué los libros que llevaba bajo el brazo. No dije más.

Yo leí al poeta de niño y de adolescente. Yo leí al poeta al lado de una mujer dormida; enfrente de las olas del mar; y a veces, muy de vez en cuando, sentado en la azotea de mi departamento, con el rostro en alto y mirando hacia la luna. El poeta y sus versos fueron mi día, y la pared que me protegía del aire que entraba por la ventana. Sus palabras fueron mis palabras, malamente. Y sus tácticas y estrategias mis aspiraciones. Lo olvidé, como he olvidado a otros poetas, pero siempre, fuera por una cosa o por otra, su nombre salía a mi paso como una sombra o una estrella que parece que se muere entre los astros, pero lo que en verdad hace es fundirse en la misma noche.

Muchos han dicho que los versos del poeta eran para la gente, para público cualquiera, para el vulgo, vamos, y no para escritores. Y eso lo hacía menor. Con los puños cerrados y las venas de mi cuello hinchadas me niego a creerlo. Y si fuera así y yo estuviera equivocado, me pregunto: ¿es una obligación lapidar el lenguaje en la tumba de los de nuestra misma especie? Entre el camino de la noche y del amanecer los súbditos escogen qué camino recorrer, unos se rinden a la diosa de la luz. Y otros a la del capote oscurecido. El poeta escribía para todos y lo hacía por las mañanas. Yo lo leí como leí a Kadaré, o a Borges o a Pavíc, escritores para escritores, y me di cuenta de que a cada uno se le debe admirar con distintos ojos, tocar con distintas manos, catar con distinta lengua. El don de convertirnos en otros para habitar los mundos que proponemos con el lenguaje no sólo es un ejercicio de creación novelística. Leer también es sinónimo de otredad, de abandonarse para ser otro. Quizá las palabras de los súbditos de la noche son más elevadas porque nos obligan a romper el especulo o a cruzarlo. Pero el poeta escribía para que el otro se admirara en el espejo, se diera cuenta de su condición. Y si el poeta escribía para el público general, no me queda más que decir que vaya que lo sabía hacer.

Mencionarlo quizá pueda confirmar las antípodas. Si yo hoy lo estoy nombrando, en oriente puede haber una mujer de ojos rasgados deslizando sus finos dedos por la página de uno de los libros del poeta. Si yo hoy leo un verso suyo, en la frontera entre Marruecos y Andalucía un viajero los lleva en mochila. El poeta ha muerto, me digo cuando regreso a casa para escribir esto, y nosotros, los vivos, así estamos, consternados, rabiosos, da vergüenza tener frio, escribir las letras de su nombre.





sábado 9 de mayo de 2009

.199.




Repaso de uno de estos últimos días:




Domingo por la mañana casi tarde:

Desperté desorientado y con resaca. Tenía mucho que no soñaba con las calles de mi pueblo, ni con sus personas. Pensé que ya estaba de nueva cuenta en mi departamento de la Av. México, pero regresé a la realidad al ver el escritorio, la mesa de noche y la ventana que da al patio de los noviciados. “Sigo en Córdoba”, me dije. Tallé mis párpados. Me di la vuelta en la cama y volví a echarme las mantas encima. No bajé a desayunar porque no tenía hambre. Estaba molido. Pensé en salir a comprar agua mineralizada en el supermercado. Pero recordé que no tenía dinero. Así que preferí beber agua de la llave.


Domingo por la tarde casi noche:

Comí cutícula de castor y rebanadas de alfombra. No se alarmen, así le decimos a la papas fritas y a las rebanadas de pizza que Isabel prepara los domingos. Comí muy poco. La resaca aún estaba haciendo lo suyo en mi cuerpo. Me fui a ver la televisión junto a Taro. Me aburrí y me subí a mi cuarto. Quise leer pero comencé a quedarme dormido. Puse Los pájaros de Hitchcock en mi computadora. Me dio más sueño. Así que me acosté y me quedé mirando el techo. Tocaron la puerta; era Taro. Me invitó a dar una vuelta por la ciudad. Siempre hacemos eso, pero esta vez no me apeteció repetirlo. Así que le pedí a Taro que me dejara tranquilo y que cerrara la puerta de mi habitación después de que saliera.


Domingo por la noche:

Tengo que ser honesto si quiero que los demás lo sean conmigo. En realidad no tenía resaca. Sí me puse borracho y me desvelé el día anterior, pero extrañamente no había amanecido como lo he estado contando. La verdad es que me encontraba triste y no sabía por qué. Bueno, tengo que hacer otra confesión. Me puso mal no tener dinero para ir al concierto de Lenny Kravitz. No contar con 20 euros, casi 400 pesos mexicanos, a veces, en momentos importantes, da rabia. En realidad, también, no fue Taro el que me invitó a pasear, sino yo fui el que lo invitó a él. Pero me dijo que no porque quería jugar a la wii. No negaré que me preocupa Taro. Era el más trabajador de la casa, y desde que instalaron la wii en el sala de proyección no hace más que jugar. Ahora dedica sus tardes a los bolos. Quiere ser pro. Yo también le dedicaba unas cuantas tardes. Pero soy tan torpe con los juegos que me desesperé y pronto dejé de jugar. En fin, no tiene caso hablar de la wii, ni de Taro, sino de que estaba triste, muy pero muy triste, porque no tuve dinero para comprar el boleto del concierto de Lenny .


Domingo por llegar a la madrugada:

Me salí a caminar solo al puente romano. Tomé la calle que te lleva al soho. Me detuve en el semáforo y me puse a pensar tantas cosas que ahora no recuerdo bien. Creo que pensé en que si yo llegara a tener mucho dinero, me compraría un coche de color azul, una casa en Veracruz, o quizá en Oaxaca, me compraría un yate y contrataría a varias suecas veinteañeras en biquini para que descubrieran junto a mí el océano pacifico. Juntos escucharíamos a Lenny Kravitz en mi yate. Ellas me darían masaje en la espalda y me prepararían Martinis. Después corregí parte de las ideas. Mejor contrataría a Lenny para que diera un concierto especial para mí en una de mis tantas casas que podría tener siendo un hombre con mucho dinero y poderoso. Incluí a las suecas veinteañeras. Vaya que es bonito pensar cuando se camina. Pero es más bonito ilusionarte con sueños que sabes que nunca se te van a cumplir. Me puse a cantar canciones de Lenny para consolarme, y me detuve en medio del puente romano. Miré el río. Me subí a la cornisa. Abrí mis brazos y me aventé al agua. Es mentira. Sí se me ocurrió aventarme, pero no lo hice. Me detuvo la idea de que sólo iba a caer en esa agua llena de cacas de palomos y en los hierbajos podridos, después la corriente me iba a arrastrar a uno de los molinos. Seguí cantando. Cuando llegué a la muralla noté que lo hacía con una voz tan nítida y tan parecida a la Lenny . Pero no sólo eso, también mi voz simulaba muy bien las repercusiones de la batería del grupo y los solos que el mismo Lenny se aventaba. Me dije: “Joel, está bien que te tomes las cosas tan a pecho, pero preocupa que alucines”. Me senté en una banca, bajo el cielo naranja de Córdoba.


Minutos siguientes del domingo por llegar a la madrugada:

Tengo que hacer otra confesión. No me gusta mucho Lenny Kravitz, lo respetó como músico. Admito que tiene una que otra melodía que me mueve, pero no es mi artista favorito, ni tampoco estaba triste porque no fui a su concierto. Ah, tampoco me quería aventar del puente romano. Sólo salí a caminar porque he tenido mucho trabajo, tanto, que no sé dónde esconder la cabeza. Caminar es lo único que me relaja; más, ver el agua cristalina y sentir el sonido monocorde del agua del río. Suelo pasar hasta dos horas frente a él. Me gusta hacerlo solo, sin que nadie me moleste; más, presenciar esto de noche porque no hay tanta gente. Ese domingo mi tranquilidad fue interrumpida por las canciones de Lenny Kravitz que, a pesar de que el concierto era en un lugar cerrado y lejano de donde me encontraba, las sentía más cercanas que nunca. No me disgusté. Por el contrario: varios recuerdos de mi niñez llegaron a mí. La canción que escuchaba era American Woman, homenaje a Hendrix.


Domingo por la madrugada:

Debo confesar otra cosa. No iba a estar solo esa noche. En realidad me había quedado de ver con una mujer. Se trataba de Elsa Pataqui. En un principio pensé que no llegaría a la cita y me desilusionó un poco. De pronto sentí una mano delgada y femenina en mi espalda, que hizo que dejara la cornisa del puente y me girara. Era Elsa; llevaba sueltos sus cabellos amielados; el viento se los movía para un lado y la brisa de la noche le humedecía su rostro. Le pregunté que si la hacía feliz ser modelo, hacer películas de baja estofa y tener a un novio tan pelmazo. Miento, en realidad no le pregunté eso. En verdad ni uno de los dos habló. Elsa tomó mi mano, me llevó a uno de los molinos que están junto al río, y nos sentamos en el pasto. Así como las palabras sobran en algunos de los mejores relatos, las palabras también sobraron esa noche entre Elsa y yo. Enfocamos nuestra mirada en el capote naranja del cielo. Me dije para mis adentros que Córdoba sería más hermosa si dejara ver sus estrellas, las estrellas del cielo, no las de la televisión, claro. Elsa me contestó con una mirada cariñosa, acarició mi mano y se la llevó a la suavidad terciopelada de su rostro. Volví a decir algo para mí, bueno, y para Elsa. Si fuera poeta, creo que pensé, o mínimo tuviera esa sensibilidad y oído que el artista requiere, diría en ese mismo momento, con mis palabras dirigidas a la noche, varios versos que lograran tatuar los cuerpos celestes en el firmamento. Lo haría sólo para ella, porque su belleza y su acompañamiento se merecían eso y más. Mis pensamientos llegaron nuevamente a Elsa, y las correspondió acercándose más a mí, apoyó su cabeza en mi hombro y sentí el perfume de sus cabellos. Seguimos absortos con el río, y la parte contraria del puente, donde está el soho, donde están las calles que llevan a la plaza la corredera. Lenny daba su concierto, a pesar de que no estábamos junto a él, en primera fila, lo hacía sólo para nosotros dos. Y así nos quedamos, como si fuéramos dos enamorados que nos conocemos de toda la vida y que no les hacen falta las palabras para demostrarse cariño. Sentí que por primera vez algo marchaba bien en mi vida; esa satisfacción podría durar todo el tiempo que yo viera necesario. Abracé a Elsa, quise fundirla a mi cuerpo y que se quedara así hasta que el concierto terminara. Una presencia a mi espalda nos interrumpió. Se trataba de una joven indigente que pide dinero en la ciudad. Ya la había visto antes en la plaza tendillas. Era ucraniana y siempre pedía dinero mientras tocaba la guitarra. Me preguntó que si tenía un cigarro para ella. Le dije que no, ni para mí ni para ella. Me preguntó que si podía sentarse conmigo. No vi el problema; no era Elsa, ni sueca. Y una compañía no se le niega a nadie.