viernes 27 de noviembre de 2009

.211.



Querido Gustavo Sainz,


Hace meses que no te leía y que no me daba una vuelta por tu blog. No sabes cuánto me agrada que me tengas entre tus links que dice: “Blogs que leo con gusto”. Yo comparto la misma afinidad. Leo con gusto tus libros y lo que subes a tu espacio. Sin embargo, el motivo de mi carta no es ése sino otro, que considero incipiente, pero bien va ligado a lo mismo. Luego de haber leído hace dos días A troche y moche para exponerla en la escuela que estudio, en la clase de Literatura Mexicana, impartida por Alberto Vital, me hice varias preguntas respecto a tu obra y a la generación que muchos, neciamente, te han querido acomodar. Me refiero a la generación de La onda.

No me gustaría comenzar disparando preguntas, sino más bien mostrando afirmaciones. Me gustó tu novela, el juego de las intertextualidades que la urden y su estructura fragmentaria, que se va nutriendo de las voces de otros conforme se construye. No cabe duda que perteneces a una estirpe de escritores que se renuevan en cada novela y se ponen nuevos retos a la hora de narrar o construir historias. Esto se demuestra en dos niveles que me gustaría resaltar sucintamente.

Por un lado, el personaje hecho de recuerdos, de intertextualidades o notas informativas que nos dan noticia de otros sucesos. Ese robo, boicoteo y apropiación de información para personalizarla. Tu personaje es, mejor dicho, un elemento dimensionado por muchos lenguajes, muchas historias; voces que interactúan entre sí mismas, se unen y desunen. Es un personaje posmoderno, alienado por la literatura y todo lo que tenga que ver con el arte y las noticias sobre el arte. Por otro lado, la estructura de la novela me desconcertó, no de mal modo, debo aclarar. Fue un desconcierto dulce, que saboreé una y otra vez página tras página.

Página tras página me pregunté: ¿cómo una historia aparentemente fácil se pudo contar de una forma tan experimental y hasta poética? La historia de un secuestro y los 28 días que dura secuestrado un escritor no son totalmente lo importante en A troche y moche. Lo importante es la manera en cómo están acomodados los elementos que componen la historia, el lenguaje bien calibrado dentro de una estructura muy equiparable a la que muchos poetas modernistas utilizaron. Importa el ritmo, el ritmo es una parte fundamental siempre en tu obra. En A troche y moche, me atrevería a decir, no hay ni una palabra que sobre, ni falte, ni una imagen compelida, ni un recuerdo obligado. Esas alusiones al silencio como oscuridad, al amor y la seducción; esas invitaciones que tu personaje le hace al lector a que considere la opción de que el ser humano es la suma de sus defectos y recuerdos también son dominantes en A troche y moche.

Algunas veces los personajes que están alrededor del Escritor desdichado, o que él recuerda, parecen fantasmas, seres que posiblemente no existen y se nos presentan como un mero producto de su imaginación atrofiada, velos de humo (debo decir que el personaje ha sido golpeado, está desnutrido y posiblemente más que sediento). Esto no demerita o le quita valor a la novela. Por el contrario, siembra la duda constantemente en el lector y potencializa la intriga. Uno, hombre que está condenado a no ver más allá de la historia que le están contando, más que cuando llega a su fin o se pasa las páginas testarudamente, se pregunta mientras está leyendo A troche y moche: ¿posiblemente nada de lo que está pasando en este historia es verdad, y todo es un producto de un escritor que se está construyendo a sí mismo y a los otros, mientras está escribiendo una novela, o alguien está escribiendo una novela sobre ese secuestro y él como víctima?

Sí, me refiero a esos pliegues metatextuales muy en boga en la posmodernidad, que nos hacen reflexionar: ¿cuál es la verdad dentro de esa realidad que estoy leyendo? Ante tantos discursos, afirmaciones, negaciones y teorías que se dicen y se callan. Uno siempre prefiere contestarse, refugiarse, con la literatura. Todos somos seres constituidos por lenguaje. Bien nos podríamos contestar con una frase de Beckett, que por lo visto también es uno de tus narradores favoritos, “la realidad no es más que un balbuceo de la verdad”.

A troche y noche está escrita bajo estos cuestionamientos: el Escritor desdichado se pregunta continuamente ¿por qué lo secuestraron?, ¿quiénes lo secuestraron, ¿dónde se encuentra y cuándo lo dejarán libre? ¿En qué realidad está viviendo y cuál es la verdad de las cosas? Al no tener respuesta de nada, se convierte en un cráneo que dispara recuerdos; de su esposa, de la editora que lo enamoró, de su premio, de su novela y la información que los libros le han dado. Unos lamentamos con lágrimas, tu personaje se lamenta con recuerdos o pensamientos, pacié, dirás tú ante esta frase.

Este secuestro bien podría ser una alegoría de cómo nos aprisiona el exceso de información, lo mediático. Cómo los seres humanos vamos perdiendo nuestra primera voz, voz materna, voz no contaminada. Así como uno es la suma de sus recuerdos y defectos, también es la suma de lo que lee, ve, conoce y desconoce. Nos fundimos con el todo, o tratamos de fundirnos con el todo. Ficcionar es también ficcionarnos, barthé.

Las preguntas que me nacieron cuando terminé de leerte, se refieren a ese alejamiento tuyo de la literatura nacional, y muy particularmente de la generación, que muchos argumentan, perteneces, La onda. Durante clases algunos alumnos se preguntaron: “¿en realidad Gustavo Sainz perteneció a esa generación?” A lo que yo les contesté desde mi postura como lector, “posiblemente sí, en el momento de su nacimiento, pero creo que ha superado a sus compañeros en cada novela que ha escrito, y con ello se fue separando”. Y seguí: “Sainz ha sabido imbricar la academia con la creación. Sus novelas lo demuestran, y su trayectoria en Bloomington también. Tiene un pie en la universidad y otro en su biblioteca. Supongo que él no se reconoce en una generación en sí, sino más bien en una trama de novelas que están tramando un género particular, ambas cosas que él mismo ha ido construyendo con el tiempo. Ese género bien podría ser la Novela virtual, donde lo más importante no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta y los recursos que se utilizan y se conectan. Género, que al igual que la virtualidad, se nutre de muchos elementos, tanto morales, emocionales y los grandes relatos de la vida como lo son el amor y la muerte, el fracaso y el éxito, y las interpretaciones que muchos seres humanos les hemos dado o escrito para explicarnos nuestra existencia. Género que sabe que los grandes temas en la literatura están escritos, y que pretende reescribirlos o desdibujarlos de una forma distinta, con una nueva pluma. Género que pretende mostrar un todo en un solo personaje, o en muchos personajes; personajes que se alimentan de la literatura de otros, de muchos, de los estudios sobre la realidad social y científica”.

Estas apuestas, que siempre son interpretaciones desde un lugar privado, me ayudaron a argumentar que te has distanciado en gran medida de La onda, generación que se preocupaba, más que ninguna otra, por la oralidad urbana, el sexo y siempre el sexo, los conflictos emocionales de los adolescentes y en cierta parte del contexto social del país.

No hubo controversia en el salón de clases. Hubo, más bien, más preguntas. ¿Que si Parménides García Saldaña era el más irreverente y arrebatado de esa generación? ¿Que si José Agustín era, es o seguía siendo, el patriarca de esta generación? ¿Que si en verdad existió y existe esa generación?, entre otros cuestionamientos, que bien podrían hablarse en otra carta.

Te mando un abrazo muy grande, de alumno a maestro, y por los libros futuros.


miércoles 25 de noviembre de 2009

.210.


Fundación Antonio Gala




Han pasado más de cuatro meses y durante ese tiempo me negué a escribir sobre ello. No es nada malo. claro está. Es más bien que no quería escribir sobre ese lugar, sino hasta cuando regresara. Pero el cuerpo lo pide y hay que hacerle caso al cuerpo de vez en cuando. Uno debe aprender, supongo, que no hay que apresurar el viaje o el regreso. Hay que disfrutar de su parsimoniosa velocidad. Creo que unos saben a qué me refiero. Y los que no lo saben, pues allí les va. Los meses más hermosos de mi vida, en cuanto a enriquecimiento de mi oficio, de mi nivel como crítico, de la amistad que uno le profesa al otro, del proceso de autoconocimiento y como viajero, los pasé en Córdoba, en la Fundación Antonio Gala. Allí conviví con 13 artistas de distintas disciplinas: pintores, músicos, escultores, poetas, narradores y fotógrafos. Vivimos en la misma casa, una casa enorme (con biblioteca propia, salón de actos, patio, talleres de escultura y pintura, un bunker, plaza para las charlas), esperando iniciar y cerrar uno de los proyectos que hasta la fecha yo considero ambiciosos pero necesarios: lograr la utopía de la colectividad sin que se anule ni uno ni el otro al llevarla a la práctica. Durante nueve meses intercambiamos ideas entre artistas, hablamos mucho, nos nutrimos uno del otro, bebimos, nos peleamos, como en un Gran hermano, cada uno defendiendo su postura sobre qué es la literatura, la pintura, la actualidad del arte, en sí. Y nos renovamos conforme vivimos.


Es extraño. Por primera vez en mi vida descubrí el concepto de auto-exilio, y cómo te mira el otro, el extranjero, en su propia tierra. Mejor dicho, por primera vez en mi vida gracias a esta oportunidad descubrí discursos distintos sobre la condición humana en un país ajeno a mí. Fue enriquecedor. El choque cultural y de léxico en un principio no fue conflicto, sino muro, que pronto se derribo con el constante movimiento y diálogo. La beca me dio también la oportunidad de viajar casi por toda España, en una furgoneta alquilada anduvimos por el sur y norte. Los miembros del patronato confiaron en mi trabajo y en mi desenvolvimiento como escritor, entre ellos, más que ningún otro, Antonio Gala.


Hay episodios hermosos que como seres humanos no quisiéramos borrar nunca de nuestra memoria, o de ese camino recorrido. Aun tengo presente todos los fines de semana. Después de haber trabajado en los días cansados (de lunes a viernes en la biblioteca, escribiendo, gozando de la escritura y luchando contra seres o demonios internos), los residentes de la casa sacábamos los sillones al patio de la charla, y nos poníamos a escuchar las piezas que Xabi nos tocaba en el piano, y comenzábamos a tomar un rico lambrusco, o bien, una cerveza Murphy, o a contarnos uno del otro. Hay también aquellas mañanas, en las que la campana anunciaba que el desayuno ya estaba puesto en la mesa del comedor, y la entrañable guitarra de Iñaki sonaba como una ligera melodía de buenos días.


Cada uno, aparte de ser miembros de un grupo, trabajaba en solitario. Podría decir que la biblioteca de la Fundación siempre fue mía, durante los meses que viví en Córdoba, pero no. Fue de todos, aunque yo siempre escribía a solas, por las tardes y las madrugadas. A veces bajaba Fernando (pintor) a preguntar qué tal iban esos cuentos. O me visitaba Taro (artista plástico) para intercambiar un poco de insultos xenófobos nunca dichos con saña y para preguntarme si podía escribirle un texto para su catálogo. Otras tantas también veía bajar a Julen (pintor) por las escaleras para dirigirse a mí, buscando las palabras más adecuadas que me hicieran romper amarras con la escritura para ir a dar una caminada al Puente romano. En esas caminatas llegamos arreglar el mundo del arte, de la situación del artista, con un derroche de afirmaciones y teorías, algunas veces con fundamento y otras sin. Después, ya a una hora alta de la madrugada, terminábamos en el mirador de la casa, mirando el hermoso cielo cobrizo de Córdoba y esas luces óxidas que nos regalaban los edificios andaluces.


Los lunes eran día de sorpresa. Siempre descubría los periódicos del fin de semana en mi escritorio. Eran un aliciente, mejor dicho, un regalo que me daba Auxi (subdirectora de la Fundación) para estar al tanto de México, de las novedades literarias y artísticas que había en Europa y para estar más enterado de lo qué sucedía en España, la crisis del ladrillo por la que pasaba, por ejemplo.


Córdoba me hizo enamorarme nuevamente de la poesía, de la amistad y ser más terco en mi oficio. Muchas veces he pensado, aunque en esto estarán algunos en desacuerdo, que para que un creador siga produciendo y tenga confianza en su trabajo, son necesarios terceros, los juicios y apoyo de terceros. Cosa que en México carecemos de ello. En Córdoba, a comparación de México, se me abrieron bastantes veces (y se me siguen abriendo aún) esas puertas, que después me han ido llevando a otras. Desgraciadamente en el mundo intelectual, tanto en el político, y quizá en todo aquel ambiente regido por jerarquías e intereses de poder, entendido como el control sobre los otros, solemos hacernos garras, trizas, destruirnos por razones tan mínimas siempre impulsadas por la soberbia o la envidia, y dejamos muy de lado, o ignoramos, que somos trabajadores de las humanidades.


Lo que le debo a este periplo, más que como escritor, fue el aceptar al otro, aprender del otro, ayudar al otro, impulsar al otro y levantarlo si es que nuestro impulso fue débil y no lo logramos proyectar. Aprender que las caídas de las personas que te rodean y estimas, también son nuestras caídas, y que toda amistad se reduce a eso: crecer juntos.
Muchos en México no están enterados de esta beca. No sobra dejarles el link de la página aquí para que le echen un ojo y se animen a pedirla. Córdoba nos espera.




.209.






Cuestionario Proust

Un acto de arrebato para saber quién soy



¿Cómo me definiría como persona?


Como no me conozco bien y me apenas estoy ensamblando en mí, recuperando, ignorando piezas, emociones y sentimientos, creo que no lograré dar precisiones. Puedo decir que la necedad es un punto a mi favor y en mi contra. La necedad como característica principal me define. Soy necio en mi trabajo, no busco la perfección, sino el abrir y cerrar las puertas que me llevarán a saber bien quién demonios soy, por qué busco escribir sobre ciertos temas y cuál es la forma que más me llena. En las relaciones amorosas, en cambio, no soy necio. No lo demuestro en sí, creo. Prefiero los duelos en solitario que de seguro me llevarán a la negación, anulación y hasta aniquilación de la persona que uno supone amar, cuando uno no es amado. Como soy bastante enamoradizo, digamos que paso más de la mitad de mi tiempo solo, desenamorándome, que enamorándome. Podría decir que soy racional, en el momento que intuyo es necesario, y visceral en el momento adecuado. Callado. Distraído. Tímido. Me he salvado de tres atropellos en plena calle y de un asalto a mano armada.


¿Qué es lo que más me gusta de un hombre?


No soy gay, pasemos a la siguiente pegunta.

Es broma. Amo y envidio la disciplina de escritores como Bolaño o Coetzee, que año tras año nos fueron entregando y nos han ido entregando obras preciosas, perfectas, lúdicas, cargadas de emoción e inteligencia y no dejan de renovarse en cada libro. Amo y envidio la sensibilidad del poeta Juarroz, sobre todo cuando sus poemas me fueron leídos en Córdoba, por una amiga que me llevó a descubrirlo una tarde calurosa en el bunker de la Fundación Antonio Gala, casa donde viví casi un año. Amo y envidio la táctica y el amor que usó y le dio Beckett a su esposa, durante los dos años que escribió su trilogía Molloy, El innombrable y Malon muere, supongo que ella tuvo la fuerza y convicción suficientes para darle aliento al narrador para que se encerrara a finalizar la obra sin siquiera preocuparse por los gastos que esto conllevará. Amo y envidio a las personas solitarias, que saben canalizar sus emociones, sentimientos y energía. Sobre todo a los que tienen sus ideales bien puestos en la tierra, que son congruentes y están concentrados en la terca visión de alcanzar, tener, hacer para sí lo que más aman.


¿Qué es lo que más me gusta de una mujer?


Soy platónico y aristotélico. Mis acciones oscilan entre un polo y el otro. Por un lado me gusta la ausencia de la mujer cuando está presente y su presencia cuando está ausente. Me encanta la mujer pasional, que no sólo se dice autónoma, sino que lleva hasta sus últimas consecuencias la autonomía. Que en su belleza radique lo virginal y lo demoniaco, lo siniestro y lo cariñoso, lo infantil y la madurez. ¿Escritoras, intelectuales, elementales o convencionales? No soy muy dado a las etiquetas. La mujer, las mujeres son una misma. Decía Tournier, a muchas o pocas palabras, que la feminidad está en el vientre de las mujeres, yo le agregaría que también en su corazón. Bien puedo congeniar con una arrebatada escultora, como con una escrupulosa y hasta con una excesiva y caprichosa contadora. Amo a la mujer que se presta al diálogo, que dialogue, mañana tarde y noche y todavía a la mañana siguiente tenga algo nuevo o viejo que contarme. Sus silencios también los amo. Amo a la mujer honesta, fiel a sus convicciones y enérgica a la hora de llevarlas a cabo.


¿Qué es lo que más aprecio en mis amigos?


No tengo. Miento, total y tontamente. Tengo pocos, pero esos pocos son suficientes. Uno en cada país, ciudad o Estado, procuro hacerlo. Tengo amigos drogadictos como intelectuales y no intelectuales. De los intelectuales o escritores me gustan sus gustos, que los compartan conmigo, su diálogo, su debate, su postura ante el mundo, el orden natural de las cosas y los elementos que los definen y los rodean; sus manías, su extraña visión de arreglar sus problemas, llevar a cabo sus asuntos y comportarse. Aprecio los lazos que me unen a ellos a pesar de que estamos alejados por miles de kilómetros, un mar inmenso, el idioma o las diferencias. De los anclados a las drogas aprecio esa peculiar manía de querer poner siempre su yo sobre el todo. El que quieran estarte contando su vida una y otra vez y vuelvan a caer en sus errores a pesar de que ya los creían solucionados. Aprecio mucho a las amigas y compañeras del sexo femenino, creo que de ellas he aprendido más de mí y del sexo opuesto. Los hombres solemos complicar bastante las cosas, complicarnos. Las mujeres, en cambio, saben sostenerse, saben actuar conforme a la dignidad y el orgullo si se lo proponen. Los hombres, mis amigos, en cambio, solemos estar muy atados aún al síndrome de Peter Pan y amamos como niños. Quizás allí funja nuestro encanto.


¿Mi principal defecto?


No tener defectos. Es broma. Creo que tengo más que cualquier otro ser humano en esta vida, o bien tengo todos los defectos de todos los seres humanos. Soy, como diría un filósofo del grupo de los cínicos, “la suma de los defectos del hombre”. Pero trato de no llevarlos a la práctica y repararme conforme actúo. Cada vez que rompo o me rompen una relación de amor, trato de durar meses en duelo, no venciendo el dolor o reparando los platos rotos, sino más bien conociéndome, buscando qué errores o defectos me llevaron a romper con la persona y qué cosas debo de cambiar si yo fui el que causó la desunión. Supongo que sólo de esta manera se puede volver a iniciar otra nueva relación. Puesto que uno de los grandes defectos y aliados del hombre es la memoria, y muchas veces amamos más con la memoria que con el corazón o el cuerpo. A veces quisiera ser un desmemoriado para poder volverme a enamorar muy fácilmente, no sólo hablo aquí del amor que se le tiene a una mujer, sino también del que se le tiene a un cuadro de Rembrandt, o de Goya, o a una escultura de Bernini, o al primer libro que leí en mi vida y al sexo, que siempre es parte fundamental del hombre y del arte.


¿Mi sueño de dicha?


Ser un escritor de verdad, en todo el significado de la palabra. Con mi obra, en un futuro que espero próximo, poder hacer sentir al otro aquello que me hizo sentir y me ha hecho sentir la literatura, la literatura de verdad. Sólo así creo que podré estar vivo, latente, con más sangre, nervios y energía. No hay mejor dicha que la que te da un lector al decirte, “leí este cuento tuyo y me dejó pensando durante días”. Sean las razones que sean. Uno comienza existir en el otro. También tener una mujer a mi lado que camine junto conmigo y yo junto con ella. Que disfrute de mis logros y yo de los suyos. Que esté orgullosa de quién es, a dónde quiere llegar y que yo le provoque lo mismo o algo parecido. Esa reciprocidad que siempre es más que suficiente. Pero esto último es, como muchas otras cosas en este mundo disfuncional, una utopía.


¿Cuál sería mi mayor desgracia?


La muerta de mi madre, hermanos y la persona que amo o llegaré a amar. No cumplir los retos y proyectos que día con día me pongo y propongo realizar. No poder escribir lo suficiente. No poder leer lo suficiente. No poder viajar lo suficiente. No enamorarme lo suficiente. No vivir lo suficiente. El fracaso no meditado y no solucionado. Porque fracasamos a diario y volvemos a fracasar después, el encanto radica en salir de ese lodo y disfrutar las maneras o formas que te ayudaron a salir. Volver a caer, claro, pero tener las armas necesarias para salir o prevenir. Perder a mis amigos. Que se queme mi biblioteca. Que el país, mi país, se siga autodestruyendo por culpa de sus gobernantes obtusos.


¿Qué quisiera ser si no fuera yo?


Un árbol diría Amparo Dávila. Un libro interminable, diría Borges. Un sueño hecho realidad, diría Thomas Moro. Dinero, diría John Self. Pero es broma, de mi parte, claro. Creo que un niño estaría bien. Aunque igual mañana quiero ser un adulto. Pero por hoy deseo ser un niño eternamente. Un niño que no conoce el dolor, el estrés, las preocupaciones, el desamor, la pobreza, la envidia, el engaño y otras tantas cosas más con las que nos hacemos garrar los seres humanos.


¿Dónde desearía vivir?


Deseo vivir aquí y allá. En España y en México. En mi biblioteca y en el cuerpo de la mujer que me pueda amar y yo pueda amar. En Lisboa y en París. En Alemania y en Argentina. En Japón y en Marruecos.


¿Mis héroes de la vida real?


Nunca me había preguntado esto. Siempre es buen momento para hacerlo. Sería el carácter de Pancho Villa, a pesar de que fue un asesino en serie disfrazado de revolucionario. La inteligencia de Salvador Allende al no darles las armas a los chilenos porque sabía que los yanquis y los traidores se iban a cargar todo el país si se levantaba el pueblo. La necedad y paciencia de Freud cuando llevaba a cabo sus análisis. Martin Luis Guzmán al irse de México porque el contexto cultural y político y social lo estaban destruyendo y el buscaba madurar su literatura y su calidad de vida y nutrir el canon literario en México. El esfuerzo que hizo John Cheever al mantenerse en la postura de vivir de la misma literatura, a pesar de que no tenía dinero para costear los gastos familiares y el New Yorker le llegó a rechazar sus primero cuentos.


¿Mis heroínas?


Mi madre. Mi abuela. Las parejas que he tenido. Mis amigas. Mis maestras. Las escritoras que admiro, que leo, que sigo, que simulo. Las parejas de otros tantos escritores e intelectuales, pensadores y científicos que estuvieron al lado de ellos, dándoles cobijo, sombra, amor, pequeñas muertes, dolores de cabeza, tolerando, guiando o mal influenciando y hasta solapándoles sus cambios de humor. Las parejas de mis amigos y enemigos y mujeres que no conozco.


¿Mis nombres favoritos?


Albert Camus

Sigmund Freud

Enrique Vila-Matas

Zizek

Juan Rulfo

Javier Cercas

Martin Luis Guzmán

Truman Capote

Joel Coen

Hemingway

Bioy Cásares

Beckett

Otros muchos más.


¿Qué aborrezco más?


Despertarme por las mañanas los domingos, que son días que no tengo nada qué hacer. Escribir sobre un tema que no me interesa o me mueve. La resaca. El arrepentimiento. La incongruencia. El maltrato a los perros. Que se me pierdan las cosas (esto siempre sucede). La gente que no reconoce sus errores y domina sobre el otro. La hipocresía. Las telenovelas. Los gobernantes obtusos. Las posturas políticas con doble moral. De nuevo la envidia y la hipocresía.


¿Qué dones naturales me gustaría tener?


Me gustaría cambiar la pregunta. Qué dones sobrenaturales me gustaría tener. ¿Se puede? Espero y sí. Ver el futuro. Volar. Ser el hombre invisible. Que mis manos sanen cualquier daño. Ser un súper héroe de pies a cabeza. La idea de que los escritores son una especie de súper héroes siempre me ha cautivado. Por las mañanas y tardes actúan como seres humanos normales, y por las noches, muy encerrados en su estudio, cambian de personalidad, o bien, muestran su verdadera identidad para comentar el mundo desde un escritorio. La doble vida que llevaba John Cheever bien se podría interpretar como la de un súper héroe. Todas las mañanas se ponía su traje, cogía su maletín y salía a la calle junto con sus hijos para llevarlos a la escuela. Luego de que los dejaba allí, tomaba rumbo a donde todos creían era su oficina de trabajo, se quitaba el traje frente a su mesa, se sentaba en su silla y ponía a teclearle a la máquina de escribir. Cuando era la hora de ir a recoger a sus hijos a la escuela, se levantaba de su silla, se volvía a poner el traje y corría con su maletín en mano hacia la escuela. En la escuela sus hijos le preguntaban que cómo le había ido en el trabajo, y él siempre contestaba que aún le habían quedado pendientes, cosas por solucionar.


¿Cómo me gustaría morir?


En una cama, presenciando en un minuto los recuerdos más hermosos de mi vida. Espero que sean demasiados para que se alargue el minuto a una hora.


¿Estado presente de mi espíritu?


En reparación y continúo cambio.


¿Cosas que me inspiran más incomodidad?


El estado actual del país. La poca memoria histórica y visión política, social y cultural de los gobernantes. Las muertas en el norte de México. La inflación de impuestos. Los círculos políticos y literarios viciados. El no tener dinero para seguir escribiendo. Que le vuelvan a robar el espejo retrovisor al carro. La envidia profesional y la incongruencia. La no democracia. Los trepa.


¿Mi lema de vida?


Dios ha muerto y ustedes lo siguen recordando con sus rezos.



miércoles 10 de junio de 2009

.208.

La Universidad Autónoma de México, Príncipe de Asturias





Amig@s de la UNAM, gente que me ha hospedado y prestado su amabilidad las veces que he visitado con poco dinero en la bolsa el DeFe, y hasta me ha llevado a pasear por los lugares, bares, museos y centros turísticos más bonitos de esa ciudad, les mando un gran abrazo y los felicito por este premio. Es redundante decir que se lo meren. En redundante decir que algunas de las personas más lúcidas e inteligentes que he conocido se han graduado en esta universidad o han estado apegadas a esta universidad. Desde aquí les mando buena vibra y en hora buena por este premio. Yo decía que con el triunfo de los Pumas se avecinaría algo mejor. Mike, Daniela, Adrián y hasta los choferes de la ruta pumita. Desde acá les canto la porra orgullo azul y oro: ¿Cómo no te voy a querer…? ¡Goya, Goya, universidad!



La nota en el periódico El mundo dice:

Si hay algo capaz de levantar el maltrecho optimismo de los mexicanos respecto a sus instituciones, eso es la UNAM. Cuando un día sí y otro también la clase política evidencia su putrefacción, cuando el 'narco' controla regiones enteras, cuando el virus de la gripe A sume al país en el desconcierto, cuando la violencia deja cifras récord de muertos o la selección nacional de fútbol vuelve a defraudar, los mexicanos saben que les queda la UNAM y así lo demuestran cada vez que responden cuáles son las instituciones más valoradas del país.

Pero no sólo porque el último ranking mundial de universidades elaborado por el periódico 'The Times' ubicó a la UNAM en el puesto 74 de una lista encabezada por Harvard, Cambridge, Oxford y Massachussets. Una clasificación en la que sólo una universidad española, la de Barcelona, está por encima del puesto 150.

Tampoco porque compita con universidades de poco más de 20.000 alumnos frente a los 290.000 de la UNAM, un monstruo educativo con más población que Bilbao pero considerada la mejor universidad Iberoamericana. Tampoco porque su campus fuera declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, gracias a un recinto convertido en uno de los más importantes iconos de la arquitectura contemporánea. Y tampoco porque este año, los Pumas, el equipo de la universidad que milita en primera división, haya ganado la Liga de fútbol. Lo es porque sigue siendo el gran bastión del pensamiento crítico, liberal y laico de México y América Latina, y porque de sus aulas han salido tres premios Nobel.


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.207.




Sicarios de narcotraficantes, modelo para niños en primaria zacatecana





Esto, desgraciadamente, no es un narco-relato. Esto es una nota periodística. Una nota de La Jordnada del 7 de junio de este año me ha dejado perplejo y hasta helado. Se trata de que ahora en México, me refiero particularmente a la ciudad donde nací [Zacatecas], no sólo se tolera la inseguridad en las calles y en los centros nocturnos, ni las fugas masivas de reos, ni el gobierno obtuso de una mujer que sólo se ocupa de darle fiesta al pueblo y de llenarles los bolsillos de dinero a su séquito de corruptos seguidores y familiares, sino también se asoma una violencia llevada a cabo por niños, por alumnos de primaria de un colegio privado dentro de la misma institución. Ahora la moda en los juegos de niños es hacerse pasar por verdaderos delincuentes; simular tener el poder para castigar al otro. La nota del periódico informa que en el Colegio Villa de Guadalupe, lugar donde estudié la primaria, existe un grupo de estudiantes que aterrorizan a sus condiscípulos a la hora del receso, haciéndose pasar por los ZETAS [grupo de delincuentes que lleva años martirizando, extorsionando y transformando a Zacatecas]. Algunos alumnos del Colegio Villa de Guadalupe utilizan tácticas de sabotaje muy parecidas a las que los medios de comunicación nos informan al hablarnos del crimen organizado.


Les dejo una parte de la nota. No me queda más que decir que en México tenemos mucho que enfrentar, reordenar y hasta cambiar, si queremos que nuestro país sea más seguro, civilizado y que a las generaciones que vienen detrás de nosotros no se vean afectadas por la violencia, la corrupción y la inseguridad. Sería bueno que [esto va para los empolvados miembros que se encargan de la educación en escuelas públicas y privadas en México] informáramos a los estudiantes sobre qué es el crimen organizado, por qué existe el crimen organizado y cuáles son los intereses del crimen organizado. Si nuestros gobernantes no tienen el tesón suficiente para evitarnos la violencia y dejar de fomentarla, nosotros, los que luchamos por tener una educación más digna, tenemos un compromiso humano más grande.



Una de las pistolas de plástico decomisadas a estudiantes de la primaria Villa de Guadalupe que jugaban a ser integrantes de la banda de sicarios Los Zetas y disparaban perdigones de plástico a otros alumnos del plantel. Estos juguetes, algunos provistos de cartuchos de aire comprimido, poseen mecanismos similares a los de las armas verdaderasFoto Alfredo Valadez Rodríguez

Alfredo Valadez Rodríguez

Corresponsal

Zacatecas, Zac., 7 de junio. “Somos Los Zetas y ya estamos aquí”, fue el letrero que, al inicio del pasado ciclo escolar, los niños del Colegio Villa de Guadalupe encontraron pintado con marcador negro en los baños de su escuela.

La escuela privada, de más de 700 estudiantes, se encuentra en el municipio conurbado de Guadalupe. Aunque las pintas con mensajes y groserías son relativamente comunes en las paredes de los sanitarios, las nuevas no eran típicas: “El que no es Zeta es puto” o “Los Zetas mandan”.

Luego, la amenaza se materializó. Un grupo de 18 niños, todos de sexto grado (ninguno mayor de 12 años de edad) y del mismo grupo, iniciaron un juego: al sonar el timbre del recreo, a las 11:30 horas, todos se pertrechaban en el baño. De sus mochilas sacaban pasamontañas negros, guantes de tela y pistolas de perdigones de plástico.

Una vez disfrazados de Zetas, entraban a algunos de los salones vacíos y en los pizarrones pintaban leyendas que, al reanudarse las clases, leían todos los alumnos y las maestras con asombro: “Arriba Los Zetas, putos”. Así lo hicieron tres días seguidos.

El hecho fue narrado a La Jornada por un menor de quinto grado y uno de sexto, con el consentimiento de sus padres y la presencia de ellos. Las autoridades de la escuela confirmaron el suceso, pero se negaron a dar detalles.

Realidad y ficción

Cuando los 18 niños Zetas salían al recreo, tomaban las posiciones asignadas por su líder, al que le gustaba que le llamaran El Chapo, en alusión a Joaquín Guzmán Loera, el líder del cártel de Sinaloa que, paradójicamente, es el principal enemigo del cártel del Golfo, al que pertenecen Los Zetas.

El niño mencionado repartía los puntos de vigilancia: dos en la puerta principal del colegio, uno en el pasillo general, cuatro en las esquinas del patio principal, dos en la sala de audiovisual, cuatro en las escaleras y dos en las puertas de los baños. El resto deambulaba por el colegio. Además de sus pistolas de balines y capuchas, cuatro llevaban radios portátiles de juguete tipo walkie-talkie.

Si chocabas con ellos durante el recreo, les hablabas o les preguntabas algo te disparaban un balín y te empujaban. Donde te disparaban te quedaba rojo, relató uno de los niños.

“Te decían groserías: ‘putos’, ‘cabrones’ y todas esas cosas… Traían sus bolsitas de plástico llenas de balines rojos”, recordó otro.

Cuando la dirección del colegio se enteró, citó urgentemente a los padres de los 18 involucrados para informarles que los menores quedarían suspendidos tres días.


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sábado 6 de junio de 2009

.206.

Breve interrupción en los días que siguen





Ya ven, soy tremendamente sentimental. Dicen otros, los que llamamos amigos, que hasta enamoradizo en extremo. Yo no sé cómo definirme, pero la verdad, cuando las cosas me pegan, me llegan o me mueven, es difícil sacármelas de la cabeza. Llevo días leyendo el mismo poema. Puedo decir que estoy enamorado de esa mujer, la poeta que escribió el poema. Y hasta puede decir, también, que esbozó en él un poco de mi vida; detalle que le agradezco en demasía a la literatura y a los autores que la crean. El poema me gusta leerlo por las mañanas, cuando me despiertan el trino de las aves y los gritos felices de los niños que estudian en la escuela que está al lado de mi casa, que también es suya. Les dejo el poema entero. Espero y les llegue igual que a mí, y si no les llega, pues ya llegará el tiempo. Y si no llega el tiempo, pues el sol sale para todos, hasta para los que nos desagrada salir a correr por las tardes y adoramos los medio días de lluvia.



"Historia de un amor"
(Cristina Peri Rossi)


Para que yo pudiera amarte
los españoles tuvieron que conquistar América
y mis abuelos
huir de Génova en un barco de carga.

Para que yo pudiera amarte
Marx tuvo que escribir El Capital
y Neruda, la Oda a Leningrado.

Para que yo pudiera amarte
en España hubo una guerra civil
y Lorca murió asesinado
después de haber viajado a Nueva York.

Para que yo pudiera amarte
Catulo se enamoró de Lesbia
y Romeo, de Julieta
Ingrid Bergman filmó Stromboli
y Pasolini, los Cien Días de Saló.

Para que yo pudiera amarte,
Lluís Llach tuvo que cantar Els Segadors
y Milva, los poemas de Bertolt Brecht.

Para que yo pudiera amarte
alguien tuvo que plantar un cerezo
en la tapia de tu casa
y Garibaldi pelear en Montevideo.

Para que yo pudiera amarte
las crisálidas se hicieron mariposas
y los generales tomaron el poder.

Para que yo pudiera amarte
tuve que huir en barco de la ciudad donde nací
y tú resistir a Franco.

Para que nos amáramos, al fin,
ocurrieron todas las cosas de este mundo

y desde que no nos amamos
sólo existe un gran desorden.





martes 2 de junio de 2009

.205.




Los días que siguen

Lunes


Sólo pude dormir tres horas. Claro que estuve en la cama y luché contra aquello que no me deja dormir. La cama no es mi aliada. Prefiero bañarme. Leer un poco en el mirador de la casa. Subo las escaleras. Me acomodo frente a la ciudad. Tengo el libro en las manos. El calor me cala en todo el cuerpo. Cualquiera podría decir que los 42 grados centígrados de este día nos pueden convertir en un fiambre en llamas. A falta de agua, se me ocurre coleccionar frases que hablen de la lluvia. Hoy conseguí dos: “Una gota de lluvia tiembla en la enredadera. Toda la noche está en esa humedad sombría. De repente la luna la ilumina”. (José Emilio Pacheco). “La lluvia devuelva la noche. Un pensamiento se agarra a las gotas tocando por la aprobación”. (Juan Gelman).


Lunes a media tarde


Voy a la biblioteca.

Saco dos libros de Tobias Wolff y los Diarios de Cheever. Por fin. Sólo me faltaban los diarios para leer por completo la obra del maestro. Camino con rumbo a la casa. No paro de sudar durante el camino. En la casa, me pongo a leer en el sofá Voltaire que está enfrente de la ventana que da al jardín. Al tercer relato de Tobias caigo rendido. Por fin dentro de las aguas del sueño, tan frescas, tan reconfortantes. Me despiertan a los pocos minutos las canciones de los Red hot. Es Xaby. Lleva toda la semana con ese mismo disco. Lo pone a todo volumen en los alta voces. Ya, ya quítalo, ya nos dimos cuenta que existes, le grito. Pero no me escucha. Me voy a mi habitación. Me encierro bajo llave y me aviento a la cama. Un raund más, quizá el último del día. Mañana, todo será normal, tú y yo seremos amigos, y podremos caminar juntos por la calle donde la señora gorda y con mandil nos vende los churros y el chocolate. Visitaremos la otra parte de la muralla, y veremos la cara vieja de Averroes.


Lunes por la noche


¿Cuánto he dormido? La campana me ha despertado. No sé si pararme a cenar o simplemente no hacer nada. Decido bajar. En el comedor ya están todos. Me sirvo arroz y salsa de tomate. No me termino la comida. No tengo mucha hambre. Me vuelvo a la habitación. Enciendo la portátil y veo El lobo. Me quedo dormido escuchando voces desconocidas.


Martes por el medio día


No escuché la campana. Por lo tanto no bajé a desayunar. En la misma cama leo un relato de Tobias Wolff. Afuera de mi ventana se escucha el trino de las aves, los gritos de los niños que están en la escuela al lado de la casa. El relato de Tobias es sobre unos chicos fumadores que estudian en una anodina escuela. Lo termino de leer. Bajo a la biblioteca con ganas de escribir. Creo que ya se llenó el pozo. Ya podré dejar las cuentas en claro con los que me las piden. En la carcasa de mi portátil encuentro:

Hay una cámara en la ventana del edificio justo detrás de ti y creo que te han estado grabando.

Be carefull, my friend.





domingo 31 de mayo de 2009

.204.

Crónica de la noche que nos robó el sueño









Son las 5:12 am y llevo más de tres horas en la cama obligándome a dormir. Pienso muchas cosas. Trato de poner mi cabeza en orden y decirme las netas. No se puede andar por el mundo engañando a la gente. Peor: engañándose uno mismo. ¿Qué me quita el sueño? Como son muchas las respuestas, decido bajarme a la biblioteca, lugar donde tengo la portátil, y me pongo a escribir lo que están leyendo. La respuesta más simple y la más acertada es que estoy enganchado. Sí, estoy bastante enganchado a mi trabajo. Ayer, domingo, fue un día productivo, muy productivo. 10 páginas escritas, bien, bravo, aunque lo más seguro es que la elimines mañana o pasado mañana. Hay que tener bien atento el detector de mierda, decía Hemingway. Pero el punto no es ése sino otro. Es, más bien, que me llevo los personajes a la cama. Son como fantasmas. Peor aún, son como bestias hambrientas que no dejan pedirte de comer. Uno grita: Mañana revisas la parte de la casa, no describes nada de ella, va a parecer que no conoces una casa. Otro pide: El final, yo no quiero que me dejen abandonado en el desierto. Échate mano del cine. Revisa Fargo. O Flores rotas, ¿te acuerdas de ellas? Otro implora: Estás seguro que me quieres deportar. Ponte en mi lugar, yo quiero ser feliz, pero no en mi ciudad de origen, sino en el lugar donde habito, allí quiero conocer a una mujer, enamorarme, pero no me deportes. Y así continuamente escucho sus voces retumbar en mi cabeza. Como sé que no voy a dejarme llevar por lo que me piden esos personajes, ni tampoco debo tomar decisiones tan a la ligera, decido desconectarme. Pienso: ¿qué hubiera sucedido si no me hubiera dedicado a esto? Seguro, seguro, como soy un torpe con mi vida financiera, no hubiera puesto un negocio o hubiera invertido junto a otro en negocio. Tampoco hubiera sido médico. Si a la cama me llevo a los que todavía no nacen, ¿qué sería de mi vida si a la cama me llevara a los que no les salve la vida? No, médico no. ¿Ingeniero? Soy idiota con las matemáticas. ¿Pintor? Quizá de brocha gorda, porque de pincel no creo; mi pulso es tan tembloroso que cuando pretendo tenerlo firme, más tiemblo. Entonces es cuando las preguntas llegan con más ganas: ¿por qué decidiste esto? ¿No te da pena saber que esto te ha llevado a abandonar muchas cosas? Entonces recuerdo los noviazgos rotos, la licenciatura truncada, que dejé mi ciudad de origen porque allí las cosas no es que funcionen al revés, simplemente no funcionan. Entonces recuerdo que yo no elegí esto, sino que esto me eligió a mí, y que yo, en realidad, no sé hacer otra cosa más que estar más de 6 horas frente a esta portátil, golpeando el teclado, devanándome la cabeza pensando cómo enderezar la vida de un personaje, cómo enfrentarlo con sus miedos, cómo jugar con lo que está a su alrededor. Y me doy algo de pena, sí, pero no porque este oficio sea ingrato, no. Desde un primer momento, así como el novillero intuye qué será su vida cuando por fin se tiré al ruedo, alguien que pretende entrar a este oficio se las huele que lo hará no por tener dinero, ni por ser famoso, ni por tener un harén de mujeres al lado de su casa en Manhatan. Bien lo escribió Pacheco: En la poesía no hay final feliz. / Los poetas acaban viviendo su locura. / Y son descuartizados como reses. ¿Por qué, entonces, si sabes de antemano que la desgracia se avecina, si sabes de antemano que hay que tener un riñón bien aguantador, para soportar corajes, desencantos y hasta frustraciones? ¿Por qué? La respuesta la he esgrimido muchas veces, pero siempre llegó a lo mismo: porque tengo algo qué decir, tengo algo que quiero compartir con otros, quiero hacer sentir lo que la literatura me hizo sentir a mí la primera vez que tuve contacto con ella. Y como las respuestas me parecen insuficientes, me importa un bledo que sean casi las 6 de la mañana y cojo el celular y le llamo a Juan Gómez Bárcena, alguien que sí tiene las respuestas claras y creo que va a sacarme de dudas.


Se tramita la llamada y del otro lado de la línea escucho a Juan, con su acento cántabro, adormilado porque de seguro, como es noctámbulo igual que yo, no podía dormir. Y le preguntó:


Juan, ¿tienes unos momentos?


¿Qué pasa, macho?, ¿ya viste la hora qué es?


Sí, ya vi, te pido una disculpa, estoy embriagado, pero embriagado de preguntas, no puedo dormir y no sé cuáles son las respuestas correctas para quitarme esta borrachera de encima.


Juan, como siempre, se ríe, piensa que lo estoy haciendo participe en alguno de mis juegos. Piensa que de seguro le estoy tomando el pedo y simplemente le llamé para molestarlo. Pero esto es serio, y se lo digo. Él me responde:


Joder, macho, te hace falta descansar, no es un maratón, tienes 24 años y quieres tener las respuestas ya, así, en tus manos. No, duerme, te vendrá bien.


Y yo, terco porque las preguntas no se van, no me dejan, sino que me invaden, hacen este cuerpo suyo, le digo:


Pero ¿por qué, Juan, por qué sacrificar tanto, por qué esa decisión, por qué esa terca idea de verter las palabras en un ordenador, por qué esa…?


Me interrumpe, ya más despierto, ya más entrado en mis preguntas:

Escribir es lo que cada uno quiera en un momento concreto del tiempo siempre y cuando sea absolutamente cierto en ese momento; para esa persona.

Pero esa no es la respuesta, Juan, por eso uno no elige este oficio, pienso, y se lo digo. Y él, como siempre, tiene respuesta para todo:


¿Será porque toda escritura es un epitafio? ¿Será porque escribimos para enterrar algo que ya éramos? ¿Para exorcizar algo que estaba y ha dejado de estar, y poder así otra vez decirnos: Hoy empieza todo, de nuevo?


Y como no respondo nada, Juan sigue, y me gusta escucharlo:


No sé, macho, quizá sea que el mundo carece de sentido para seguir siendo mundo, y lo que nosotros tratamos de hacer es darle sentido mirándolo de determinada forma. Pero siempre caemos en la cuenta de que el mundo no está hecho para ser mirado.


¿Entonces qué hacemos, Juan, dejamos de mirar de una vez por todas a eso que llamas mundo y nos dedicamos de una vez por todas a algo que no nos quite el sueño, que no nos dañe tanto?


Juan sigue, más despierto:


A ver, macho, ya voy a caer en mis análisis de siempre y tú me vas a decir que sea más vísceras, pero podría contestarte que se hace literatura para darle al mundo la estructura de una narración, es decir, dotarlo de sentido. Entonces escribir no significa en realidad escribir, sino mirar; se puede hacer literatura sin escribir una sola palabra. Eso lo sabemos de sobra tú y yo. Por eso nos pertenecen tanto los libros que escribimos como los muchos que sólo queremos o quisimos haber escrito cuando seamos viejos y devastados por los años; no hay en ello diferencia alguna. Es como si nuestra obra se prolongara indistintamente por encima y por debajo de la superficie de ese océano que hemos llamado realidad. Aunque sólo nosotros lo sepamos, tú y yo en esta madrugada; esa certeza debería bastarnos.


Pero a mí no me basta esa certeza. Juan sabe que soy terco, que no lo dejaré dormir hasta que llegue a algo que me convenza, hasta que llegue a algo que me haga recobrar el sueño y pueda irme a la cama. Así que aferro más mi mano al teléfono y espero a que Juan siga.


No sé qué buscas escuchar, Yoel, quizá yo estoy diciendo respuestas que no van con tus preguntas. O tú estás pensando otra cosa y a mí me pasa lo mismo. Y son casi las 7 de la mañana y tú sigues. Ayer por la tarde quise llamarte, pero se me olvido, no, la verdad es que no te quise molestar porque sabía que ibas a estar trabajando, a veces siento que no tienes vida social. Te quería decir, tú sabes cómo soy, cualquier cosas rara que se me ocurre te la cuento, que toda la tarde me estuve diciendo, sin saber por qué, que he escrito April March cien veces. He escrito tantos April March distintos y perfectos que la gente no se da cuenta; yo mismo, a veces, no me doy cuenta.


No sé qué contestarle a Juan. Miro atrás de mí, a la ventana que está justo al lado del librero de las obras de escritores latinoamericanos, y descubro que ya está amaneciendo, que por última vez en este día, el cielo naranja en Córdoba no volverá a ser naranja, sino que se convertirá en uno azul claro, y que saldrá el sol, y que será de día y tocarán la campana cerca de las nueve de la mañana para avisarnos a los residentes de esta casa que es hora de desayunar. Pero yo, aún sin las respuestas que tanto buscaba, estaré dormido. Estaré quizá soñando con México, o con Colombia, o con Estambul, o quizá no estaré soñando nada. Y abajo, en el comedor, mis compañeros estarán desayunando como si fuera un día normal, y así lo estará haciendo mucha gente que no conozco, que no sé que existe. Y todo será un día normal.


Del otro lado de la línea, Juan me dice:


Creo que aún podemos dormir tres horas, ¿no crees, Yoel?


Y yo le contesto:


Sí, amigo, creo que sí.







.203.


Hoy hablemos de Los boys







Hace más de tres semanas leí (creo que fue en el Babelia que salió el domingo 10 de mayo) que Mondadori reeditó el primer libro de relatos de Junto Díaz, llamado Drown. El crítico del suplemento decía que la obra ahora entraba con nuevo nombre a la fiesta: Los boys. Y como muchos saben que sufro por una extraña manía de leer más libros de relatos que de novelas, el mismo lunes me fui a la biblioteca pública de Córdoba y pedí el préstamo.

El libro es compacto: está compuesto por diez piezas narrativas de un calibre potente. Se configuran mucho en la poética de Carver: los personajes se mueven en espacios domésticos como la cocina, las habitaciones, frente al televisor, y cada elemento que está a su alrededor cobra un significado importante en la historia y tiene una injerencia en los personajes. Pero la obra también se configura en esa literatura intimista que se centra en hablar de los conflictos familiares, los cambios que sufrimos los seres humanos cuando abandonamos nuestro país de origen, los cambios que pasamos conforme la vida nos pide madurar, y los desencantos irreversibles. Los boys tiene mucho de la nueva corriente estética de los USA representada por Lethem, Safran Foer, Nicole Krause, Homes, y hasta por el genio Foster Wallace (un minuto de silencio). Las buenas historias reflejan la condición humana.

Podría decirse que Los boys es una bitácora de viaje o un cuaderno de diario: el libro abre con un relato ambientado en una ciudad de República dominicana y los relatos que le siguen se sitúan en varias partes de los USA, Nueva Jersey una de ella. La voz que los urde casi siempre es la misma: un niño u adolescente que está inconforme con el trato que le da su padre y que ama a su madre y odia a su hermano. También encontramos dílers, niñas adictas, gente del Bronx, mujeres abandonadas por sus maridos y otros. A este libro lo habitan personajes que brincan de un relato a otro, como si cada historia se contara en la habitación de un único vecindario, y el vecindario no fuera más que el lugar donde están ensambladas las historias.

Los boys están cargados de tristeza, diversión, desventuras, humor y algunas veces hay vientos felices. No voy a negar que me gustara más La maravillosa vida de Óscar Wong, del mismo Junot. Pero para aquellos amantes del relato corto bien construido y ameno, Los boys proponen. Es un buen libro; un buen ejemplo para demostrar que mucha de la literatura de los USA la están haciendo los migrantes o extranjeros que han tomado ese país como su segunda casa.







viernes 29 de mayo de 2009

.202.




No sé las razones, pero acá en Córdoba volví a un placer que tenía algo olvidado. Me refiero a que nuevamente me he entregado a la lectura de la poesía. Por un tiempo llegué a pensar que era un arte menor (no lo tomen a mal ni me vayan a reprochar este comentario, nobles conocedores del género), y que los narradores podíamos estar de espaldas a su existencia. Pero estando acá, lejos de casa, y quizá porque a las francesas les gustan los versos, la poesía me vuelve a erizar los bellos y a poner más en contacto con la musicalidad del lenguaje. Me he ido haciendo de algunos libros colmados de buenos versos y he ido conociendo a poetas que te educan el oído. Les dejo un poema de José Emilio Pacheco. Los invito, como decimos en México, a que hagan de cuenta que estamos bebiendo en la calle, como amigos de barrio, amigos de tarde, sol y cerveza, y de repente sale el vecino y saca del bolsillo de su pantalón un libro compacto. Se aclara la voz con un trago de Pacifico y recita los siguientes versos:





Alta traición



No amo mi patria.

Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (aunque suene mal)

daría la vida

por diez lugares suyos,

cierta gente,

puertos, bosques, desiertos, fortalezas,

una ciudad deshecha, gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

montañas

--y tres o cuatro ríos.